El gran plan de felicidad: un enfoque visual centrado en Cristo

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El gran plan de felicidad un enfoque visual centrado en Cristo


Por Tyler J. Griffin and Donald B. Anderson

El concepto más grandioso que podemos estudiar o enseñar es el plan de redención; conocido también como el plan de salvación o el plan de felicidad. Las doctrinas del plan de redención tienen mayor poder, que cualquier otra verdad o concepto, para acercar a los hombres a Cristo.

Muchos miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días reconocen de inmediato el siguiente diagrama.

el plan de salvacionFigura 1. El diagrama común.

Los diagramas semejantes a este son representaciones visuales de ciertos aspectos de ese plan que todo lo abarca. El plan de nuestro Padre Celestial incluye nuestro pasado eterno, nuestra vida actual, y nuestro futuro eterno. Es imposible representar todos los aspectos de ese plan en un solo diagrama. Neal A. Maxwell expresó: “En las conversaciones, algunas veces hacemos referencia a este gran diseño casi de forma demasiado informal; hasta trazamos sus contornos rudos en los pizarrones y en papel como si fuera el plano para una ampliación de nuestra casa. Sin embargo, cuando realmente tomamos el tiempo para meditar el Plan, ¡es impresionante y sobrecogedor! Yo por ejemplo, no puedo decidir que es lo que me causa mayor asombro; su vastedad o su intrincado detalle individualizado.” [1]

Nunca podríamos capturar tal vastedad y los detalles en un simple diagrama o modelo. No obstante, los modelos y las ayudas visuales nos pueden ayudar a captar y enseñar mejor las porciones clave de este plan impresionante.

En la Iglesia, tenemos la propensión hacia los métodos visuales para aprender y enseñar el plan. Los diagrama más usados son variaciones de la figura 1. [2] Dicho diagrama utiliza varios círculos para mostrar en donde estábamos, en donde estamos, a donde iremos después de la muerte, y en donde terminaremos por toda la eternidad. Este diagrama común también usa las líneas para representar los eventos principales de nuestro progreso a través del plan: el nacimiento y el velo, la muerte, la Resurrección, y el Juicio Final. Esta configuración básica nos permite dar una explicación breve, pero poderosa, de nuestro viaje eterno.

A pesar de sus muchas fortalezas iniciales, a muchos de los diagramas, que se usan con frecuencia semejantes a la figura 1, les falta la representación manifiesta de muchas doctrinas asociadas con el plan que se comentan en las escrituras. Por ejemplo, es posible enseñar según se representa en la figura 1 y jamás mencionar: el papel o la misión de Jesucristo, la Creación, la Caída, la muerte espiritual, la Expiación de Jesucristo, o los principios y las ordenanzas de Su evangelio. El enseñar perpetuamente el plan con tales omisiones puede llevar a que la gente se enfoque solamente en lo que se expresa abiertamente en el diagrama.

Para ayudarnos a anclar los muchos aspectos claves en nuestra enseñanza del plan, el Presidente Benson nos aconsejó usar: “los mensajes y el método de enseñanza que se encuentra en las [escrituras] para enseñar este gran plan del Eterno Dios.” [3] Ya que la gente tiende a aprender, enseñar y a recordar visualmente el plan de redención, se necesitan modelos con mayor amplitud que transmitan los diversos aspectos del plan de redención usando los principios y los modelos usados en las escrituras.

Este artículo presenta un modo adicional de ver el plan desde un “ángulo” distinto a los que se han presentado en el pasado. Esperamos que esta perspectiva sea útil a los estudiantes y maestros que deseen un modelo que represente las múltiples doctrinas básicas—que se omiten con frecuencia—y que se centren en Jesucristo y su Expiación. Tenemos la intención de que este diagrama sirva para aumentar y mejorar—en vez de reemplazar—los modelos usados en la actualidad.

El modelo descrito en este artículo representa visualmente dos conceptos: a) las doctrinas fundamentales del plan y b) los estados del ser por los que debe pasar toda la humanidad para poder ser más como Cristo y regresar a vivir para siempre con nuestros padres celestiales.

Paso 1: El Estado Pre Mortal

Esto conduce a algunas preguntas fundamentales: ¿Cuál es el propósito del plan del Padre Celestial? ¿Nos dio Dios su plan para ayudarnos a llegar a alguna parte o para ayudarnos a que lleguemos a ser algo? Nuestros padres celestiales [4] desean que sus hijos puedan “obtener un cuerpo físico y ganar experiencia terrenal para progresar hacia la perfección y finalmente lograr su destino divino como herederos de la vida eterna.” [5] El destino divino de los hijos de Dios incluye el vivir con nuestros padres celestiales. Sin embargo, tan importante como será el regresar a la presencia de Dios ¿es ese el objetivo final del plan?

Si el regresar con Dios fuera el propósito final del plan, entonces ¿por qué nos mandó a la tierra? Ya estábamos en el cielo, viviendo con nuestros padres celestiales como sus hijos espirituales. El sólo estar en su presencia no parece ser la felicidad final para nosotros; y tampoco era el fin de nuestro progreso. Estamos aquí en la tierra con un propósito más grande. Nuestros padres celestiales son perfectos en todos sentidos y tienen cuerpos resucitados y perfectos. ¡Buscamos ser como ellos! José Smith dijo: “Si deseáis ir a donde Dios está, debéis ser semejantes a Dios o poseer los principios que Dios posee.” [6] Por tanto, lo que lleguemos a ser determina nuestro destino eterno, y el plan de felicidad es el diseño de Dios para prepararnos para ese desarrollo.

Para ilustrar visualmente este concepto, empezamos con una línea punteada. Estamos en dicha línea ya sea que seamos como Dios o estemos en su presencia.

una linea pasado a futuroFigura 2. La presencia o semejanza de Dios.

Las flechas en ambos extremos de las línea punteada representan el pasado eterno, o sea el estado premortal del hombre, así como el futuro eterno, el estado final de la humanidad, sobre el que hablaremos poco después en este artículo. Con base en las enseñanzas del capítulo 3 del libro de Abraham, empezamos en el lado izquierdo de la línea punteada como inteligencias [7] que nacieron en el cielo como hijos e hijas de padres celestiales. Sombreamos el lado izquierdo de la línea punteada para ilustrar el estar en la presencia de Dios.

En la esfera premortal, éramos diferentes a nuestros padres celestiales por condiciones principales. Ellos tenían cuerpos de carne y hueso (D y C 130: 22). Nosotros teníamos cuerpos de espíritu a los que les faltaban las capacidades físicas que hacen posible la felicidad eterna. También nos faltaba un nivel infinito de conocimiento, poder, amor y la experiencia que ellos poseían. Además nuestros padres celestiales gozaban vida eterna. No podríamos progresar hasta la medida y voluntad de nuestro Padre Celestial aunque estuviéramos en su presencia en nuestro estado de cuerpo espiritual. Teníamos que salir y experimentar la mortalidad en un estado caído.

Los Tres Pilares de la Eternidad

De acuerdo con su plan, Dios establecería tres condiciones críticas para hacer posible que sus hijos crecieran hasta llegar a ser más semejantes a Él. Primera, teníamos que tener un lugar en donde pudiéramos experimentar las pruebas de la mortalidad al estar separados de su presencia. Eso requeriría la creación [8] de una tierra. Segunda, La creación pura de Dios necesitaría, por medio del proceso del albedrío, [9] entrar en un estado caído, lo que permitiría la oposición en todas las cosas (ver 2 Nefi 2: 11). De otra forma, todas las cosas “habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado” (2 Nefi 2: 23). Tercera, ese estado caído hubiera permanecido y “el primer juicio que vino sobre el hombre habría tenido que permanecer infinitamente” a menos que hubiera “una expiación infinita” (2 Nefi 9: 7; énfasis agregado). [10]

Estos tres eventos fundamentales—la Creación, la Caída y la Expiación—son llamados los tres pilares de la eternidad. Los profetas del Libro de Mormón usaron repetidamente estos pilares para enseñar el plan. Refiriéndose a esta relación, el élder Russell M. Nelson declaró: “El Libro de Mormón revela las interrelaciones importantes entre la Creación, la Caída y la Expiación. Uno no puede comprender completamente la Expiación sin entender primero la Caída; y la caída de Adán no se puede entender por completo sin primero entender la Creación. Estos tres grandes pilares doctrinales se apoyan el uno al otro en el plan eterno de Dios.” [11]

En el mundo premortal, antes de proceder con la Creación, fue preciso que se hallara a alguien que estuviera dispuesto y capacitado para efectuar la Expiación. Este intercesor sería un mediador ante la justicia eterna por nuestros debilidades, imperfecciones, la condición mortal y vencería a la muerte y al infierno. Estos dos obstáculos no podrían ser derrotados para nosotros en el cielo por el espíritu premortal conocido como Jehová; solamente podrían ser vencidos por el capacidad única de Jesucristo en la carne. Debido al nacimiento distintivo del Salvador, tenía el poder de descender bajo la muerte y el infierno y romper sus ligaduras desde adentro. Entonces, Él podría ascender otra vez al cielo con poder infinito para “atraer a todos los hombres” [12] hacia Él mediante el poder de la Resurrección. Abraham registró la profunda pregunta premortal del Padre Celestial: “¿A quién enviaré?” Dado el hecho de que Jesús era [el] “Amado y [el] Escogido desde el principio” (Moisés 4: 2) por el Padre, es probable que todos los ojos de la multitud celestial hayan volteado y visto al “Cordero de Dios” (Apocalipsis 5: 6-7) para ver su respuesta a esa pregunta. El gran Mesías premortal, el que había sido escogido desde el principio, simplemente declaró: “Heme aquí; envíame” (Abraham 3: 27). El élder Neal A. Maxwell dijo: “Nunca ha habido alguien que ofreciera, en tan pocas palabras, hacer tanto para tantos.” [13]

Vean como es que estos tres pilares forman la base para todos los otros aspectos del plan en el siguiente diagrama.

el plan de salvacionFigura 3. Los Tres Pilares de la Eternidad.

Colocamos a Jesucristo y su Expiación prominentemente en el centro del diagrama para ilustrar su papel central en el plan de redención. El Profeta José Smith enseñó que “los principios fundamentales de nuestra religión es el testimonio de los apóstoles y profetas con respecto a Jesucristo, ‘que murió, fue sepultado, y se levantó al tercer día, y ascendió al cielo;’ y todas las otras cosas pertenecientes a nuestra religión, son apéndices de esto.” [14] Posteriormente el élder Bruce R. McConkie declaró además: “Vemos la Expiación del Señor Jesucristo como el centro, el núcleo y el corazón de la religión revelada.” [15]

La medida de la creación en la mortalidad de los hijos de Dios es llegar a ser semejantes a su Padre Celestial. El estado de ser en el que moramos gobierna nuestra capacidad para progresar. Los pilares de la eternidad alteran directamente los distintos estados de la humanidad. Al establecer estos tres pilares, Dios nos dio la oportunidad de continuar a través de estados de ser adicionales en nuestra búsqueda del progreso eterno. Los profetas del Libro de Mormón usaron la palabra estado más de cincuenta veces en referencias específicas a nuestro progreso a través del plan de salvación. Esos mismos profetas enseñaron también acerca de la relación entre los tres pilares y los estados mediante los cuales progresa la humanidad.

Paso 2: Un Estado de Inocencia

Cuando Dios creó a Adán y Eva en el Jardín de Edén, fueron creados en “un estado de inocencia” (2 Nefi 2: 23) como seres inmortales. Caminaron y hablaron con Dios y gozaron de su presencia; por tanto, llenamos la línea entre la Creación y la Caída. En este estado paradisíaco, Adán y Eva no conocían el bien ni el mal, el gozo o la miseria, la felicidad o la tristeza. No podían tener hijos (ver 2 Nefi 2: 22-23).

el plan de salvacionFigura 4. El estado de inocencia en Edén.

Dios no esperaba que Adán y Eva permanecieran para siempre en un estado de inocencia. Si hubieran permanecido en un estado de inocencia edénica, no habrían progresado hacia la deidad.

Necesitaban experimentar un estado caído, mortal. La Caída y la oposición resultaron en un estado mortal en las cuales se iniciaron las condiciones óptimas en las que podría ocurrir el progreso.

Mediante el poder de la Expiación, Dios cubre graciosamente con inocencia los primeros ocho años de nuestra vida (ver D y C 68: 27 y Moroni 8: 8-13). Por tanto, cada uno de nosotros pasa personalmente por progresos semejantes a las de Adán y Eva. Este estado de inocencia en la niñez crea un entorno seguro para que aprendamos cómo navegar entre las opciones variadas en un cuerpo mortal sin el riesgo de un castigo eterno por actuar equivocadamente.

Paso 3: Un Estado Caído, Mortal

La Caída marcó el comienzo de un estado mortal e introdujo dos consecuencias mayores para Adán, Eva y toda su posteridad: la muerte física y la muerte espiritual. En el sentido del evangelio, la muerte significa la separación de dos cosas. La muerte física es la separación del espíritu y el cuerpo. La muerte espiritual representa nuestra separación de Dios.

el plan de salvacionFigura 5: Las Dos Muertes

La condición caída de la muerte espiritual, o estar separados de Dios, proporciona la situación y las condiciones que hacen posible que todos los hijos de Dios sean probados, que aprendan de sus propias experiencias, y desarrollen los atributos de Dios. Desde el nacimiento hasta la muerte, nuestro estado caído propicia una batalla constante entre nuestro espíritu (que llega a la tierra y viene de la presencia de Dios) y nuestro cuerpo (formado con materia caída). Aunque este cuerpo es un don sagrado, tiene deseos, apetitos y pasiones que, si no se controlan, le dan poder a Satanás para atar y cautivar a los hijos de Dios (ver 2 Nefi 2: 29).

Dicho simplemente, el cuerpo en un estado natural, carnal y caído busca la comodidad y el placer para sí mismo. El placer para el cuerpo viene por la satisfacción de los apetitos y las pasiones naturales. Cuando nuestro espíritu falla en “refrenar todas [nuestras] pasiones” (Alma 38: 12) de acuerdo con los mandamientos, los apetitos y pasiones crecientemente satisfechos tienden a crecer y consiguientemente conducen a la servidumbre y a la regresión espiritual. Este pensamiento fue expresado aún más por el élder David A. Bednar:

Como hijos de Dios, heredamos aptitudes divinas de Él; pero, actualmente vivimos en un mundo caído. Los elementos con los que fue creado nuestro cuerpo son, por naturaleza, caídos y están siempre sujetos a la influencia del pecado, la corrupción y la muerte. Por esa razón, la caída de Adán y sus consecuencias espirituales y temporales nos afectan más directamente a través de nuestro cuerpo físico. Sin embargo, somos seres duales, ya que nuestro espíritu, nuestra parte eterna, se aloja en un cuerpo físico que está sujeto a la Caída. Como Jesús recalcó al apóstol Pedro: “El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41).

De modo que, la naturaleza precisa de la prueba de la vida terrenal puede resumirse con esta pregunta: ¿Responderé a las inclinaciones del hombre natural o me someteré al influjo del Santo Espíritu, me despojaré del hombre natural y me haré santo mediante la expiación de Cristo el Señor (véase Mosíah 3:19)? Ésa es la prueba. Todo apetito, deseo, tendencia e impulso del hombre natural puede vencerse por medio de la expiación de Jesucristo y a través de ella. Estamos aquí en la tierra para desarrollar cualidades divinas y para refrenar todas las pasiones de la carne. [16]

Si vinimos a la tierra por la oportunidad de llegar a ser más semejantes a Dios, ¿por qué nos pondría en cuerpos caídos de carne que tienen el deseo de hacer lo malo? [17] ¿Por qué ponernos en cuerpos que, por naturaleza, buscan apartarnos cada vez más de su presencia y de sus atributos? La oposición de un cuerpo mortal proporciona un prueba muy real y nos da la oportunidad de “despoj[arnos] del hombre natural y [nos] haga[mos] santo[s] por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3: 19). Muy semejante al efecto fortalecedor en los músculos por levantar pesas, a medida que vencemos al hombre natural y obedecemos los mandamientos de Dios, vencemos la resistencia de nuestro estado caído, mortal y llegamos a ser más semejantes a Dios.

Las escrituras contienen muchos relatos de personas que vencieron una oposición intensa al efectuar obras maravillosas. Para que la mortalidad sea una prueba válida de la fe y muestra de nuestra confianza en el Señor, la oposición debe estar “dentro” de nosotros, en lugar de solamente estar “contra” nosotros. Sólo entonces podemos comprender que no podemos prevalecer por nosotros mismos. Nuestra condición caída y la naturaleza carnal nos recuerdan constantemente nuestra absoluta y continua comprehensiva necesidad de un Salvador y de Su Expiación. La Caída de Adán y Eva comienza nuestra necesidad de la redención que solamente la Expiación puede traer.

Paso 4: Un Estado de Redención

Cristo tiene el poder para redimir a la humanidad de dos cosas: los efectos directos de la Caída y de nuestros propios pecados.

Por medio de la Resurrección [18] Cristo redime incondicionalmente a toda la humanidad de la Caída. Sin una Expiación infinita, permaneceríamos para siempre en nuestro estado caído, muertos espiritualmente, excluídos de la presencia de Dios. El profeta Jacob usó la misma frase de cuatro palabras “para no levantarse [ja]más” (2 Nefi 9: 7-8) para describir lo que le pasaría a nuestros cuerpos y nuestros espíritus si el Salvador no hubiera efectuado una Expiación infinita por nosotros. Declara además que habríamos llegado a estar sujetos al diablo y habríamos llegado a ser como él. De haber sido así, las representaciones visuales de la muerte física y la muerte espiritual en la figura 5 serían flechas demostrando las consecuencias eternas, constantes e infinitas.

Jesús terminó la Expiación infinita con su Resurrección e hizo posible para todos nosotros la redención de las dos consecuencias: la muerte y el infierno, Muchos entienden que la resurrección vence a la muerte física. Desafortunadamente, muchos mal interpretan las condiciones de la redención de la muerte espiritual, o la separación de la presencia de Dios, la que también heredamos de Adán y Eva. Esta muerte espiritual heredada, es muy diferente de la separación causada por nuestro mal uso del albedrío. Como se demuestra abajo, el Libro de Mormón enseña repetidas veces que la Resurrección de Jesucristo redime incondicionalmente a todos los hijos de Dios no solamente de su muerte física, sino también de su muerte espiritual heredada (ver Mormón 9: 13).

Desde lo alto de las murallas de Zarahemla, Samuel el Lamanita enseñó: “Pues he aquí, de cierto tiene que morir para que venga la salvación; sí, a él le corresponde y se hace necesario que muera para efectuar la resurrección de los muertos, a fin de que por este medio los hombres sean llevados a la presencia del Señor” (Helamán 14: 15). Recalca más el punto en el siguiente versículo: “Sí, he aquí, esta muerte lleva a efecto la resurrección, y redime a todo el género humano de la primera muerte, esa muerte espiritual ” (versículo 16; énfasis agregado). Para hacer el punto inequívoco, lo vuelve a declarar en el siguiente versículo: “Pero he aquí, la resurrección de Cristo redime al género humano, sí, a toda la humanidad, y la trae de vuelta a la presencia del Señor” (versículo 17). Samuel no dejó ninguna duda sobre la universalidad de la redención de nuestra separación de la presencia de Dios mediante la Resurrección de Cristo.

Samuel no fue el único profeta que enseñó sobre la universalidad de la redención. Moroni declaró: “Y a causa de la redención del hombre, que vino por Jesucristo, son llevados de vuelta a la presencia del Señor; sí, en esto son redimidos todos los hombres, porque la muerte de Cristo hace efectiva la resurrección. . . . y saldrán, pequeños así como grandes, y todos comparecerán ante su tribunal, redimidos y libres de esta ligadura eterna de la muerte”. . . . (Mormón 9: 13). Amulek le dijo al pueblo de Ammoníah: “Pues bien, esta resurrección vendrá sobre todos. . . . [y todos, con cuerpos resucitados] serán llevados a comparecer ante el tribunal de Cristo el Hijo, y Dios el Padre, y el Santo Espíritu, que son un Eterno Dios, para ser juzgados según sus obras, sean buenas o malas” (Alma 11: 44). Usando la terminología del Libro de Mormón, podemos decir que somos redimidos de las dos muertes de Adán solamente por medio de la gracia (ver 2 Nefi 9: 22; Alma 12: 23; Mormón 7: 6) para que podamos ser juzgados perfectamente por nuestras propias obras (ver 2 Nefi 9:15; 28: 23; Alma 12: 8).

Debido a esta redención, ni uno solo de los hijos de Dios nacidos en este estado caído y mortal será castigado por la transgresión de Adán (ver el segundo artículo de fe). En otras palabras, “la vía está preparada desde la caída del hombre, y la salvación es gratuita” (2 Nefi 2: 4).

El élder D. Todd Christofferson también enseñó esta doctrina al decir lo siguiente:

La redención del Salvador consta de dos partes. Primero, expía la transgresión de Adán y la resultante caída del hombre al vencer lo que podría llamarse los efectos directos de la Caída: la muerte física y la muerte espiritual. La muerte física se entiende bien; la muerte espiritual ocurre cuando el hombre se separa de Dios. Como dijo Pablo: “Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Esta redención de la muerte física y espiritual es universal y no tiene condiciones.[19]

El Plan de Redención

el plan de redencionFigura 6: La redención universal de las dos muertes.

¿Por qué querría Dios llevar a todos, a los malos y a los justos, de nuevo a su presencia? Los profetas del Libro de Mormón son consistentes en este tema. La doctrina de la Resurrección está inseparablemente conectada con la doctrina del Juicio. [20] La Expiación lleva a cabo la Resurrección, y la Resurrección lleva a toda la humanidad de regreso a la presencia de Dios para ser juzgada (ver Alma 42: 23; Helamán 14: 15-17; 2 Nefi 9: 15, 21-22; Mormón 9: 12-14).

Todos serán presentados ante la Divinidad (ver Alma 11: 44) habiendo sido redimidos de todos los efectos directos de la Caída, solamente “por medio de los méritos, y misericordia, y gracia” de Cristo (2 Nefi 2: 8). Él le pagó al Padre un precio que no podríamos pagar por nosotros mismos (ver Alma 42: 11-16). En ese momento, cada hijo de Dios estará libre de todas las cargas impuestas por las decisiones de otros. Ese estado de redención de todas las consecuencias externas permitirá que Jesús nos juzgue en base a nuestro propio uso del albedrío.

Salvación Condicional del Pecado

Al nacer, todos heredan los efectos de la Caída y entran en un estado caído. Estando separados de Dios, todos, excepto Jesús, pecan al llegar a la edad de responsabilidad (ver Alma 42: 14; D y C 68: 27). En el Juicio, todos deben responder por esos pecados.

Aunque la redención de la Caída es incondicional para todos, la salvación de nuestros propios pecados se concede solamente “con las condiciones del arrepentimiento” (D y C 138:19; Alma 42: 13; Helamán 5: 11). Samuel enseñó a los nefitas que Cristo “lleva a efecto la condición del arrepentimiento, que aquel que se arrepienta no será talado y arrojado al fuego; pero el que no se arrepienta será talado y hechado al fuego” (Helamán 14: 18). Las condiciones del arrepentimiento son uno de los grandes temas del Libro de Mormón. Con frecuencia se mencionan como la “doctrina de Cristo” (2 Nefi 31: 2, 21; 32: 6; 3 Nefi 11: 31-41), las condiciones del arrepentimiento también forman una gran parte del evangelio de Jesucristo como Él mismo lo definió en 3 Nefi 27: 13-21.

El élder D. Todd Christofferson enseñó además:

El segundo aspecto de la expiación del Salvador es la redención de lo que podrían denominarse las consecuencias indirectas de la Caída: nuestros propios pecados, a diferencia de la transgresión de Adán. . . . Dado que somos responsables de nuestras decisiones y que somos quienes las tomamos, la redención de nuestros propios pecados es condicional: está sujeta a la confesión y al abandono del pecado y a que se lleve una vida devota, o en otras palabras, sujeta al arrepentimiento (véase D. y C. 58:43). [21]

El Plan de Redención

el plan de redencionFigura 7: La Redención de nuestros propios pecados

Cumplir con las condiciones del arrepentimiento constituye “hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25: 23; Alma 24: 11), nos reconcilia con Dios, y nos abre la puerta a las fuentes de la gracia redentora. Finalmente, la redención de nuestros propios pecados requiere hacer y guardar convenios sagrados y recibir la gracia. [22]

Es importante comprender que son necesarios nuestros esfuerzos para vivir el evangelio pero que no son suficientes para la salvación eterna. La ley no nos puede salvar, solamente puede condenarnos (ver 2 Nefi 2: 5). Jesucristo nos salva por Su gracia. [23] El Libro de Mormón enseña una clara relación entre lo que hacemos, y el efecto que tiene en nuestra posición ante de Dios:

“pero no creían que la salvación viniera por la ley de Moisés [o por cualquier otra ley], sino que la ley de Moisés servía para fortalecer su fe en Cristo; y así, mediante la fe, retenían la esperanza de salvación eterna. . . . “ (Alma 25: 16). Por tanto, nuestros esfuerzos por vivir el evangelio de Jesucristo no nos salvan; aumentan nuestra fe en Cristo. Confiamos en Él cada vez más y buscamos Su voluntad más que la nuestra. Ese proceso, estimulado por Su misericordia y gracia, nos cambia. Llegamos a ser más y más como Él, y menos como el hombre natural y caído, que solamente busca satisfacer los deseos, apetitos y pasiones mortales.

Paso 6: El Estado Final del Hombre

Muchos elementos del plan de redención culminan ante el tribunal de Dios. El Juicio marca el comienzo del estado final de la humanidad. Un ángel le dio instrucciones al rey Benjamín que enseñara que Jesucristo hizo lo que hizo y sufrió lo que sufrió “para que descienda un justo juicio sobre los hijos de los hombres” (Mosías 3:10). Mediante la Expiación de Jesucristo, todos serán redimidos de la tumba y llevados de regreso a la presencia de Dios, pero esa reunión redentora para algunos será dolorosa y temporal. El Presidente Ezra Taft Benson dijo: “Nada nos va a sorprender más cuando pasemos por el velo al otro lado, que el darnos cuenta de lo bien que conocemos a nuestro Padre y que tan conocida nos es su faz.” [24]

Varios profetas del Libro de Mormón hablaron de la respuesta ante el tribunal de aquellos que no cumplan con las condiciones del Salvador para el arrepentimiento. El rey Benjamín declaró: “De manera que si ese hombre no se arrepiente, y permanece y muere enemigo de Dios, las demandas de la divina justicia despiertan en su alma inmortal un vivo sentimiento de su propia culpa que lo hace retroceder de la presencia del Señor, y le llena el pecho de culpa, dolor y angustia, que es como un fuego inextinguible, cuya llama asciende para siempre jamás. (Mosíah 2: 38; ver también 3: 24-25; Helamán 14: 18; Moroni 9: 4).

Alma hijo, también usó imaginería vívida al describir ese evento para los que no se arrepienten: “Así que, si nuestros corazones se han endurecido, sí, si hemos endurecido nuestros corazones contra la palabra, al grado de que no se halla en nosotros, entonces nuestra condición será terrible, porque seremos condenados. . . . Y en esta terrible condición no nos atreveremos a mirar a nuestro Dios, sino que nos daríamos por felices si pudiéramos mandar a las piedras y montañas que cayeran sobre nosotros, para que nos escondiesen de su presencia” (Alma 12: 13-14; ver también Mosíah 16: 5).

Con la aclaración y revelación adicional recibida mediante el Profeta José Smith, aprendemos que Jesucristo “glorifica al Padre y salva a todas las obras de sus manos, menos a esos hijos de perdición que niegan al Hijo después que el Padre lo ha revelado” (D y C 76:43). Toda la humanidad, con excepción de los hijos de perdición, será “salvada” en uno de tres grados de gloria: el celestial, el terrestre, o el telestial. El élder Dallin H. Oaks enseñó: “estos tres diferentes grados de gloria tienen una relación particular con los tres diferentes miembros de la Trinidad.” [25]

Los que entren al reino celestial moran eternamente en un estado de felicidad interminable (ver D y C 121: 45; Mosíah 2: 41). En su mensaje final Mormón escribió: “Y él [Jesús] ha efectuado la redención del mundo, por lo cual a aquel que en el día del juicio sea hallado inocente ante él, le será concedido morar en la presencia de Dios, en su reino. . . “ (Mormón 7: 7). Los del reino celestial “morarán en la presencia de Dios y de su Cristo para siempre jamás” (D y C 76: 62).

Los del reino terrestre “reciben de la presencia del Hijo, mas no de la plenitud del Padre” (versículo 77). Los que reciban una gloria telestial “son arrojados al infierno, y padecen la ira de Dios Todopoderoso hasta el cumplimiento de los tiempos. . . . mas a donde Dios y Cristo moran no podrán venir, por los siglos de los siglos” (versículos 106, 112). No recibirán “de su plenitud en el mundo eterno, sino del Santo Espíritu por medio de la ministración de lo terrestre” (versículo 86).

Quienes nieguen al Espíritu Santo no pueden soportar una gloria telestial. Estos hijos de perdición huirán de la presencia de Dios a las tinieblas de afuera como “los únicos sobre quienes tendrá poder alguno la segunda muerte” (D y C 76: 37; ver también Alma 12: 16).

El Plan de Redención

el plan de redencionFigura 8. El Plan de Redención

En nuestro juicio, tendremos “un conocimiento perfecto semejante a [aquellos] en la carne, salvo que nuestro conocimiento será perfecto” (2 Nefi 9:13). Este conocimiento perfecto encenderá “un vivo recuerdo de toda nuestra culpa” (Alma 11: 43). Con esta percepción, hasta el más duro de los corazones reconocerá que “todos sus juicios son rectos; que él es justo en todas sus obras” (Alma 12: 15). El plan de Dios es tan justo que aún las almas destinadas al reino telestial “doblarán la rodilla, y . . . . confesará al que se sienta sobre el trono para siempre jamás” (D y C 76: 110) y que su glorioso plan es perfectamente justo. [26]

No sería justo ni misericordioso que Dios forzara al inicuo a entrar en el reino celestial. ¿Podría

tal persona sentir paz o contentamiento en el reino de Dios rodeado de su perfección y su gloria? Moroni enseña que los inicuos serían mas “desdichados, morando en la presencia de un Dios santo y justo, con la conciencia de vuestra impureza ante él, que si vivierais con las almas en el infierno” (Mormón 9: 4). Por tanto, el que Dios preparara múltiples glorias muestra su amor por sus hijos y la función del albedrío a lo largo de todo el plan—culminando en el equilibrio perfecto de justicia y misericordia—en el juicio final.

Quienes se arrepientan de todos sus pecados recibirán “todo lo que [el] Padre tiene” (D y C 88: 38). Quienes escojan algo menor, van a “gozar de lo que están dispuestos a recibir, porque no quisieron gozar de lo que pudieron haber recibido” (D y C 88:32). C. S. Lewis escribió: “Solo hay dos tipos de personas al final: quienes le dicen a Dios: ‘Hágase Tu voluntad,’ y aquellos a quienes Dios les dice en el fin: ‘Hágase tu voluntad.’ Todos los que están en el infierno, lo escogieron. Sin la decisión propia no podría haber infierno. Ninguna alma que desee el gozo seria y constantemente lo perderá. Los que buscan, encuentran. A quienes tocan se les abre.” [27]

Conclusión

Los modelos tradicionales que se centran en la localización del plan de salvación proveen una introducción y un resumen magníficos de nuestro viaje a través de las eternidades. El modelo presentado aquí complementa el diagrama usado ampliamente al enfocarse en los tres pilares que sostienen ese plan y resaltan la centralidad del Salvador Jesucristo y su Expiación infinita. Además, este modelo enfatiza los distintos estados del ser por los que pasamos en nuestro viaje por el plan. También enfatiza las otras funciones principales de Jesucristo dentro del plan del Padre, como el Creador y Juez.

Mediante la Expiación perfecta e infinita del Salvador, Dios hace posible que todos nosotros venzamos todos los efectos de la Caída y progresemos para llegar a ser más semejantes a Él. Todos los que han nacido en la mortalidad recibirán la redención incondicional de los efectos directos de la Caída mediante la Resurrección de Cristo. La redención universal conducirá a todos para ser juzgados por su uso del albedrío, en base a su propia responsabilidad. La salvación eterna de los efectos indirectos de la Caída (nuestros propios pecados] se concede a quienes cumplan las condiciones del Salvador para el arrepentimiento (ver Alma 42: 27).

Estas doctrinas (la Resurrección y el Juicio) al enseñarse con los pilares de la eternidad, tienen un poder celestial para llevar a los hijos de Dios al arrepentimiento. Por eso José Smith enseñó: “Es necesario que la doctrina de la Resurrección de los Muertos y el Juicio Eterno se enseñe entre los primeros principios del Evangelio de Jesucristo.” [28]

Muchos profetas en el Libro de Mormón siguen un modelo de enseñanza poderoso. Explican claramente elementos exactos del plan de salvación y luego invitan a sus audiencias a tomar acción en lo que enseñaron. Esas invitaciones con frecuencia incluyen cosas tales como: aumentar la fe en Cristo, arrepentirse de los pecados, ser bautizados o continuar perseverando en el sendero que lleva a la vida eterna (ver Alma 7: 14; 34: 31; Helamán 7: 23; 10: 14; 12: 23; 14: 19; 3 Nefi 9: 22; Mormón 5: 24; 7: 8; Eter 4: 18).

Después de morir en la cruz, Jesús les enseñó a los espíritus en el paraíso usando el mismo modelo: “y allí les predicó el evangelio sempiterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída, y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran” ( D y C 138: 19).

El estudio de los distintos aspectos del plan de Dios a través de más de un lente nos permite ver más facetas de lo que Él ha puesto para nuestro progreso y felicidad eternos. Esto abre canales adicionales para que el Espíritu Santo inspire una mayor fe en el Salvador, el arrepentimiento de nuestros pecados, y mayores deseos de hacer y guardar convenios con Dios.

Cuando estudiamos y enseñamos Su plan usando las palabras y los ejemplos que Él y Sus profetas usan, tendremos una mayor tendencia a inspirar a más de Sus hijos a arrepentirse y prepararse para estar sin mancha ante Él en el gran y último día; habiendo sido reconciliados con Dios por medio de Su Hijo Unigénito (ver 2 Nefi 10: 24; 25: 23; Jacob 4: 11).


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